Paseos por Roma

Hubo un tiempo en el que mi vida giraba en torno a Roma. Una beca y la tesis me proporcionaban la excusa perfecta para viajar cada año a la Urbe. Hasta tres veces me postulé para otra beca, de la Real Academia de España en Roma, que finalmente conseguí en 1999, y así pude disfrutar de una estancia más larga y, de paso, avanzar en mi investigación en el año del Grande Giubileo, en el cual colaboré como voluntario. Mi forma de entender la historia, la civilización y, en definitiva, mi visión del mundo que hemos construido los humanos se fue configurando bajo la cúpula del Pantheon y las bóvedas de los Mercados de Trajano, entre las ruinas del Foro y de Ostia antica, en el silencio de las bibliotecas especializadas y, también, deambulando sin rumbo por las calles de Roma, con la secreta aspiración de llegar a fundirme con sus piedras milenarias. Mi «etapa romana» terminó mientras, sobre todas aquellas experiencias, empezaba a descubrir y construir mi vocación docente.

En la Semana Santa de 2015 volví a Roma con un grupo de alumnos y exalumnos, y pude compartir con Iztok un poco de todos aquellos recuerdos, mientras buscábamos una buena heladería entre los palazzi del Campus Martius.

Signos de esperanza

A finales de junio, las circunstancias de este año tan singular me trazaron una ruta especialmente enrevesada para poder llegar a Ljubljana, después de cuatro meses confinándonos y desconfinándonos, y de cinco cancelaciones y otros tantos cambios de vuelos, compañías aéreas y autobuses. En mi primera escala, en Praga, entre el Aeropuerto Václav Havel y la estación de Zličín (donde me subiría a un autocar con destino a Múnich), tres horas de margen me permitieron una pequeña enmienda al itinerario «oficial» y lo hice pasar por el Puente de Carlos IV. 

Al llegar a la orilla occidental del Moldava (Vltava en checo) me sorprendió una tormenta, que me empapó mientras trataba de alcanzar el icónico puente de Praga. Cuando el aparatoso pero breve diluvio empezó a menguar, apareció ese arco iris que me apresuré a fotografiar todavía bajo una lluvia fina…

Me había acostumbrado a ver dibujos del arco iris pegados en puertas y ventanas, pintados por niños que trataban de contagiarnos a todos un poco de esperanza, así que, sin más, interpreté este arco iris «de verdad» como un regalo maravilloso de la Providencia, coincidiendo con el inicio de un viaje y un inminente reencuentro aplazado y ansiado durante unos meses que se nos hicieron tan largos. 

Mientras saboreaba este instante mágico, inevitablemente, mi mente analítica empezó a procesar esta visión tal como si estuviera contemplando una obra de arte. Entonces caí en la cuenta de que veía el arco iris precisamente al final del puente que me disponía a cruzar para continuar mi viaje. El simbolismo del arco iris se sumaba así al no menos potente simbolismo de la serie de arcos que forman el puente. 

El arco iris es un producto de unas circunstancias atmosféricas que escapan a nuestro control, pero la construcción de un puente sólido es una empresa compleja que requiere el acuerdo y la colaboración de un grupo numeroso de seres humanos. Me pregunté, pues, a qué esperamos para juntarnos a construir cuantos puentes sean necesarios para pasar por encima de prejuicios, fronteras, divisiones arbitrarias, en busca de esa esperanza que todos anhelamos…

Y con estas fotografías y el recuerdo entrañable de aquellos momentos intensos y fugaces, os deseo una Navidad luminosa e iluminadora y un año nuevo que nos encuentre dispuestos a contagiar esperanza.

Al sobrevolar Praga, bajo las nubes que anunciaban una lluvia generosa... 

En la orilla occidental del Moldava, con el tiempo justo de tomar unas fotografías mientras empezaba a llover...

El resplandor del arco iris sobre el perfil monumental de Praga.

Ya en casa de mis suegros, en Ljubljana, al contemplar las fotografías en la pantalla del ordenador, descubrí la escena romántica que no había percibido mientras disparaba mi cámara.

La gente paseaba por el Puente de Carlos IV sin las aglomeraciones habituales.


Gozando de las vistas, mientras cenaba el bocata que me había preparado antes de partir.

La última mirada al panorama más espectacular del Moldava, antes de dirigirme a la estación de metro y emprender la segunda etapa de mi periplo centroeuropeo...

En la Biblioteca del Emperador...

...me regalé unas horas, en una mañana fría y lluviosa de noviembre. Y en aquel espacio maravilloso el tiempo se detuvo, mientras me entretenía en descifrar los secretos de su diseño, enfocando la mirada en sus recovecos, en las pinturas alegóricas, en los lomos de los libros, tratando de atrapar todo aquello a través del objetivo de mi cámara.


Las bibliotecas me fascinan desde mi niñez, y mi fascinación aumenta en proporción a sus dimensiones y a la cantidad de libros que atesoran, sin descuidar el diseño y la belleza de estos espacios. Y la Biblioteca del Palacio Imperial de Viena reúne con creces todas las cualidades, los aspectos y los detalles que valoro, incluso, para mi asombro, puertas secretas que se abren en medio de algunas estanterías. ¿Qué libros debían custodiar tales estancias ocultas? ¿Códices antiguos, incunables raros, ejemplares únicos, grimorios, tratados de alquimia... o libros de ciencia que cuestionaban verdades teológicas?


Al encontrarme frente a la estantería cuyo número coincidía con la edad a la que me estaba acercando, se me ocurrió pensar si habría llegado a leer tantos libros como los que encajaban aquellos estantes. La escalera situada delante, necesaria para alcanzar los anaqueles más altos, me sugirió que estaba contemplando una bella imagen simbólica de la vida humana entendida como un proceso de aprendizaje en busca de la sabiduría… o, al menos, tras alguna de esas preguntas que lanzan al aire las figuras alegóricas pintadas en las bóvedas y en los tímpanos de la Biblioteca.


Una semana después, ya en Barcelona, estrené las fotografías que hice en la Biblioteca, para arrancar una clase dedicada a la arquitectura mal llamada “barroca” en la Europa Central. La Biblioteca monumental concebida por el Emperador Carlos VI y proyectada por Johann Bernhard Fischer von Erlach  (construida por su hijo Joseph Emanuel entre 1723 y 1726) es un ejemplo ideal para explicar cómo se difundieron las propuestas innovadoras materializadas por Gian Lorenzo Bernini, Francesco Borromini, Andrea Pozzo y tantos otros arquitectos y artistas en la Roma del siglo XVII.


Empecé la clase mostrando una fotografía de la bóveda del espacio central, en la que no aparecían las estanterías, y pregunté a mis alumnos si podían identificar a qué tipo de edificio pertenecía. Si prescindimos de las estanterías y de los libros, el cielo apoteósico que Daniel Gran pintó en la bóveda, el gran espacio central de planta ovalada que cubre y las alas que se abren a ambos lados, divididas a su vez por grandes columnas de mármol, nos harían creer que estamos en una de las espectaculares iglesias de Roma o de Centroeuropa que habíamos visto en clases anteriores. Al enfocar las pinturas de la bóveda, identificamos a Atenea y a Hermes, entre otros personajes alegóricos de las artes y las ciencias, celebrando el mecenazgo del Emperador, él mismo representado en un medallón. Los templos construidos por los Pontífices que habían devuelto a Roma el esplendor imperial de antaño inspiraron a Fischer von Erlach el diseño de una biblioteca concebida como un templo consagrado a la Sabiduría, que hoy contemplamos como un escenario digno del Siglo de las Luces.

Puentes y pontífices

Hace casi dos mil años, un buen ingeniero y un gran equipo de profesionales edificaron este puente sobre el río Gard, para sostener el acueducto que conduciría el agua a la ciudad de Nemausus, la actual Nimes. En realidad, son los puentes -y no los anfiteatros, los templos o las termas- las construcciones más emblemáticas y significativas de la civilización romana. El antiguo Imperio era una inmensa red de ciudades (como lo es hoy nuestro mundo) y los puentes vencían los obstáculos, para que las carreteras pudieran unir todas las ciudades y el agua llegase a sus fuentes, a sus baños y a sus industrias. Por esto mismo, el cargo y título de Pontifex Maximus, la dignidad más sagrada de Roma y más antigua de Europa, apunta a esa condición de “hacedores de puentes”.


En una época posterior, de despoblamiento de las ciudades de Occidente, la que los historiadores denominan Edad Media, este acueducto se acabó rompiendo en diversos tramos, por falta de mantenimiento, debida a la desaparición de los técnicos expertos en la construcción de estas infraestructuras. Al perder su función, otros puentes que sostenían este mismo acueducto fueron desmontados y reciclados sus sillares para construir otros edificios, incluso campanarios. Pero la extraordinaria estructura del Pont du Gard continuaba siendo útil, porque las personas podían atravesar el río por el mismo conducto que ya no llevaba agua. Desde entonces hasta ahora, a lo largo de veinte siglos, cuántos hemos podido admirar el diseño y la belleza de este puente monumental y, al mismo tiempo, celebrar la pericia de quien lo proyectó y la maestría de quienes lo materializaron...

El agua y la luz son imprescindibles para la vida de los humanos y la de tantos otros seres con los que compartimos este planeta. Celebramos la luz en la época más oscura del año. Por eso, nuestros antepasados unieron a esta celebración ancestral la del nacimiento de un ser extraordinario que trajo Luz a un mundo oscurecido por la codicia y la falta de amor. Celebremos, pues, a quienes traen Luz para no dejarnos oscurecer por prejuicios y odios, y celebremos a quienes construyen puentes, altos y firmes, para vencer los muros y las fronteras que dividen y enfrentan absurdamente a los miembros de la gran familia humana.


Fotografías y texto © Oliver-Bonjoch 2019

50 años del Apollo 11

Hace 50 años, el alunizaje del Apollo 11 fue un acontecimiento global, seguido por millones de seres humanos a través de la televisión y la radio. El imaginario colectivo de aquella generación se proyectó hacia el futuro, en forma de otros proyectos y, quizá también, de utopías. Mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin caminaban por la superficie de la Luna, cuántos debieron pensar que si las humanos éramos capaces de vernos desde el espacio exterior, a través de los ojos y la experiencia maravillosa de los astronautas, caerían por su propio peso las fronteras, las banderas, las ideologías y la codicia que dividían y enfrentaban a los habitantes de la Tierra...

Medio siglo después de aquel día, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, “todo” sigue más o menos “igual”. Los miembros de eso llamado “Humanidad” todavía no hemos comprendido que el planeta que habitamos es un “milagro” que flota en una inmensidad inerte, y que debemos dejar de destruirlo para empezar a cuidarlo, porque es nuestra casa. Muchos millones de seres humanos siguen atrapados en esas perversas y enfermizas identidades colectivas inventadas por los ideólogos del nacionalismo y de otros ismos más antiguos. ¿Qué queda del Apollo 11, de los otros Apollo y de los otros astronautas en el imaginario colectivo actual, saturado de fake news por sembradores de odios nuevos o reinventados?


Fotografías © NASA - National Aeronautics and Space Administration