Obrim finestres, ampliem horitzons,

... explorem punts de vista nous, alliberem-nos de prejudicis i d’etiquetes enganyoses, dubtem, fem-nos preguntes, proposem connexions creatives, cerquem respostes, construïm coneixement, cultivem-nos. Aquests són els objectius que proposo als meus alumnes. Durant el curs 2021-2022, em podreu trobar impartint assignatures i cursos en les següents institucions. 

Facultat Antoni Gaudí 

1r quadrimestre «setembre-gener»

Dimarts, de 9.10 a 10.55 h. 

Es planteja com un itinerari per a estudiar els precedents, els orígens i l’evolució de l’arquitectura cristiana, des dels punts de vista tipològic, constructiu i simbòlic, per tal de proporcionar uns coneixements bàsics i una metodologia adequada per a abordar l’anàlisi d’un edifici de culte cristià. 

Topografia de l’Orbis Christianus 
Geografia Històrica del Cristianisme 

Divendres, de 12.10 a 13.55 h. 

Abordarem la dimensió geogràfica del cristianisme a través del temps, des del context rural en el qual va predicar Jesús de Natzaret, fins al món global contemporani. Analitzarem la influència determinant del cristianisme en la transformació i la configuració d’Europa, des de Constantí el Gran fins a la Revolució Industrial. 


Facultat d’Educació Social i Treball Social Pere Tarrés · URL 

Programa Universitari de Gent Gran | 1r quadrimestre «setembre-gener» 


Dilluns, de 17.45 a 19.00 h. 

L’art ens serveix com a punt de vista i fil conductor per a contemplar la transformació i l’evolució del Mediterrani al llarg de mil anys, arran de la (re)fundació de Constantinoble. La irrupció de l’islam, la reactivació del comerç i el renaixement de les ciutats d’Occident varen multiplicar els centres de creació cultural, provocant una eclosió de creativitat en les arts d’una riquesa i una diversitat com mai abans s’havien vist. 


Tallers d’Història i Art

Centre Cívic Cotxeres-Casinet de Sants | 1r trimestre «octubre-desembre» 


Divendres, 10.00-11.30 h.

Els nostres avantpassats varen inventar mites, en cercar respostes a les grans preguntes sobre l’origen del món i de la vida. A través d’aquests mites podem connectar amb l’imaginari dels seus creadors, testimonis i protagonistes del naixement de les primeres civilitzacions de l’Orient Pròxim. 


Dimarts, 18.00-19.30 h.

La fundació de la «Segona Roma», l’adopció del cristianisme com a religió oficial i el projecte polític de Justinià canviarien el rumb de l’Imperi i l’evolució de la nostra civilització. Constantinoble va succeir a Roma com a urbs Imperial i a Alexandria com a laboratori cultural -i artístic- del Mediterrani.


ISCREB virtual | Simbología y arte · Simbologia i art | «febrero-abril 2022» 

Esta asignatura virtual propone una metodología ágil y dinámica, que invite a contemplar las obras de arte, a identificar y leer los símbolos que contienen -con la ayuda de herramientas y recursos digitales-, a encontrar y establecer relaciones que trascienden épocas y culturas, y, sobre todo, a estimular y enriquecer la creatividad de los alumnos.

#SirWalterScott250

En medio del grandioso espacio escenográfico que separa y, a la vez, articula y une las ciudades vieja y nueva de Edimburgo, se erige una aguja neogótica de 61 metros de altura, como una torre solitaria de una catedral a la que hubieran despojado de sus naves. Este monumento impresionante fue levantado para honrar y recordar a Sir Walter Scott, nacido en Edimburgo el 15 de agosto de 1771. Scott creó la mejor imagen de Escocia, la más sugestiva, la que atrae y seduce a espíritus románticos de todas partes -que todavía los hay- desde la Era Victoriana. 

Hasta entonces, no existía un monumento de tales dimensiones dedicado a un literato, ni en el Reino Unido ni en ningún otro país. No debe ser casualidad que la Columna de Nelson en Londres y el Monumento a Sir Walter Scott fueran concebidos y construidos en los mismos años (1840). En Edimburgo, a Lord Nelson le construyeron un monumento mucho antes (entre 1807 y 1816), concebido como la torre de un castillo que domina la ciudad desde la cima de Calton Hill. La Columna de Nelson erigida en Trafalgar Square, que iba a ser el nuevo centro de la metrópoli imperial en ciernes, extramuros de Londinium y orientada hacia Westminster, todavía despunta sobre el perfil de Londres. El almirante Nelson perdió la vida en la batalla decisiva que hundió las expectativas bélicas de Bonaparte en el mar, pero fue Lord Wellington quien derrotó al tirano francés, sin embargo, los monumentos que ensalzan al vencedor de Waterloo son mucho más discretos. Quizá Lord Nelson mereciera tal monumento, más que por su sacrificio y sus habilidades como estratega, por haber hecho realidad el célebre estribillo de un poema escrito por James Thompson y convertido en canción por Thomas Arne en 1740: «Rule, Britannia! rule the waves». Nelson, Scott y sus respectivos monumentos tienen más que ver con su papel trascendental en la construcción del imaginario colectivo de los británicos, que iba a nutrir a su vez las identidades «nacionales» británica, inglesa y escocesa.

Scott fue un autor muy leído y valorado en su tiempo, y hasta bien entrado el siglo XX, pero mucho me temo que, actualmente, la mayoría de los visitantes de Edimburgo se preguntan sobre la identidad del personaje esculpido en mármol bajo esa torre catedralicia, antes de subir a lo alto para contemplar el mejor panorama de la ciudad. Para eso sirven, pues, los monumentos. Ni William Shakespeare ni Miguel de Cervantes tienen a su nombre monumentos espectaculares, pero tampoco los necesitan. Shakespeare es recordado por sus obras, que se siguen representando, y no solo en Inglaterra, y por los arquetipos a los que dio forma en ellas; mientras que el Quijote sigue siendo leído y, sobre todo, citado constantemente. Por otra parte, el puesto de poeta «nacional» en Escocia lo ocupa Robert Burns, que tampoco mereció un monumento comparable. ¿A quién honran los escoceses en Sir Walter Scott? ¿A uno de los máximos representantes del Romanticismo?

Debemos al Romanticismo el interés por recuperar la historia de ese largo periodo mal llamado «Edad Media» -condenado al olvido por el Siglo de las Luces-, la revalorización de incontables creaciones artísticas [1] entre las más sublimes de todos los tiempos -pero despreciadas por Winckelmann y los ideólogos del neoclasicismo-, y la invención del concepto de Patrimonio Cultural. Sin el Romanticismo, a nadie se le hubiera ocurrido conservar, restaurar, e incluso finalizar o reconstruir, catedrales y templos que amenazaban ruina a principios del siglo XIX, como Notre-Dame de París, ni preservar y mimar los centros históricos de las ciudades europeas, allí donde todavía resisten la presión todopoderosa de los especuladores inmobiliarios, los caprichos de los divos de la arquitectura contemporánea y la estupidez de los políticos [2]. Sin el romanticismo tampoco existiría la UNESCO.

Volviendo a Escocia, la élite intelectual y empresarial del Edimburgo de la segunda mitad del siglo XVIII -la generación anterior a Scott- se unió para reinventar su maltrecha ciudad levantando otra nueva, al otro lado del lago donde se dice que ahogaban a las supuestas «brujas» en tiempos no muy lejanos. La New Town iba a expresar los ideales de aquel Siglo de las Luces y los valores recuperados y convenientemente idealizados de nuestra época grecorromana, con su trama regular, sus amplias calles y plazas, sus numerosos jardines y una arquitectura neoclásica sobria y elegante. Más que un ensanche, esta nueva ciudad había de ser como una losa espléndida que sepultase para siempre un pasado turbulento que todos deseaban olvidar. En los dos siglos anteriores, a los conflictos endémicos entre los clanes de las Highlands, se añadió un sinfín de guerras civiles causadas por discrepancias sobre la organización de la Iglesia -calvinista- de Escocia y por los jacobitas, fieles a los Estuardo exiliados por su fidelidad a la Iglesia de Roma, pero también defensores a ultranza de una forma arcaica de entender el mundo y, por lo tanto, enemigos acérrimos del liberalismo incipiente, sobre el que, precisamente, teorizaría el escocés Adam Smith. Por no hablar de los episodios de histeria colectiva que hicieron de Escocia una de las regiones europeas con más víctimas perseguidas y condenadas por brujería.

En el momento en que la burguesía de Edimburgo y de otras ciudades escocesas estaba adoptando el gentilicio «North Britons» («británicos del norte») [3], Sir Walter Scott empezó a rescatar ese pasado histórico de Escocia, pero desde una óptica y bajo una reinterpretación propias de la literatura de ficción. Nada que ver con el análisis crítico que hoy en día esperamos de historiadores competentes y a salvo de intoxicaciones ideológicas. Tales acontecimientos dramáticos -nunca mejor dicho- junto con las leyendas y el folklore constituirían la base de su propia obra literaria, que muy pronto captó el interés de un amplio público en las Islas Británicas y en el resto de Europa.

Tras alcanzar la fama, Sir Walter Scott se propuso restaurar la vinculación de la Familia Real británica con el antiguo Reino de Escocia, después de una larga ausencia de los Reyes propiciada por las guerras jacobitas [4]. Organizó con sumo detalle, pompa, circunstancia y mucha imaginación el viaje oficial de Jorge IV a Escocia en 1822, después de buscar y encontrar las joyas de la Corona escocesa, ocultas durante 111 años en el Castillo de Edimburgo. No se había visto nunca nada igual. Jorge IV fue el primer Rey británico que vistió un kilt -confeccionado exprofeso para él siguiendo las indicaciones de Scott- y probablemente también el primer Rey de los escoceses que llevara encima un tejido de tartan. A partir de entonces, proliferaron los fabricantes de tartans, de kilts y de todos los accesorios necesarios para completar el denominado Highland Dress, convertido en la indumentaria «nacional» escocesa, hasta el día de hoy*.

Cuatro años después del fallecimiento de Sir Walter Scott, se convocó un concurso [5] para diseñar un monumento a su memoria, al que se presentaron proyectos muy diferentes -torres, obeliscos, templetes…- neogóticos y neoclásicos. George Meikle Kemp ganó el concurso usando como pseudónimo el nombre de un maestro de obras del siglo XV que había trabajado en la Abadía de Melrose; una anécdota muy simbólica, tan expresiva del poder evocador de las ruinas monásticas [6] en el imaginario romántico como del creciente interés por un tipo de arquitectura que, precisamente, había sucumbido a la furia iconoclasta de los primeros conversos a la fe calvinista. Una de las consecuencias de la Reforma en Escocia fue la destrucción de -¿casi todas?- las obras de arte de temática religiosa. 

La identificación del castillo como el tipo de edificio más representativo de la idiosincrasia escocesa creada por Sir Walter Scott, quizás tenga que ver con ese enorme vacío en el patrimonio artístico y cultural de Escocia, que en pleno siglo XIX se «disimuló» precipitadamente con millares de nuevos edificios neogóticos, neobaroniales [7] y alguno neorrománico: desde iglesias, catedrales, mansiones [8] y castillos hasta bloques de viviendas urbanas, colegios, universidades y sedes institucionales. Tal fiebre edilicia es también muy expresiva del poderío económico que las burguesías de Glasgow, Edimburgo, Aberdeen y Dundee habían adquirido a raíz de su total implicación en la Revolución Industrial y en la construcción del Imperio Británico. 

Cuando la Reina Victoria [9] y el Príncipe Alberto viajaron por primera vez a Escocia, en 1842, contemplaron sus paisajes a través de los ojos de Sir Walter Scott. Adquirieron un pedazo de la Escocia profunda y construyeron allí su propio castillo en estilo neobaronial. Las crónicas ilustradas de la prensa londinense sobre los veranos de la Familia Real en Balmoral, sus excursiones por aquellos parajes «dramáticos» y la visita de parientes [10] de toda Europa (hasta los Zares vinieron a Escocia) alimentaron el imaginario de la sociedad victoriana e impulsaron el desarrollo del sector turístico con un éxito que llega hasta nuestros días. La Familia Real británica sigue veraneando en el Castillo de Balmoral y, por lo tanto, realimentando la imagen de Escocia creada por Scott.

Sir Walter Scott [11] no pudo ser consciente de haber inventado la fórmula para convertir una demarcación feudal caduca en una «nación», y un gentilicio a punto de desaparecer en una identidad colectiva contagiosa. Ni tampoco es responsable de las consecuencias nefastas de su invento, cuando literatos de poca monta, pseudohistoriadores y algún filólogo despistado pretendieron reeditarlo en otros lugares de Europa, para seguir inventando «naciones», echando mano de la misma materia prima que utilizó Scott: la «dramatización» y mitificación de determinados episodios históricos, la sublimación de las peculiaridades idiomáticas, y la catalogación y reinvención de costumbres y tradiciones del ámbito rural para constituir el sacrosanto folklore «nacional». Algunas de esas «naciones» recién inventadas y «milenarias» al mismo tiempo, remakes imposibles de la magna obra de Scott, acabaron degenerando en engendros espeluznantes (y ahí lo dejo). 

N o t a s 
[1] Agrupadas en esos estilos absurdamente denominados «bizantino», «prerrománico», «románico» y «gótico».
[2] No es el caso de la City de Londres, por desgracia, ni el de la fachada marítima de Liverpool, que acaba de perder la calificación de Patrimonio de la Humanidad. En Edimburgo, las entidades defensoras del Patrimonio arquitectónico mantienen una lucha sin cuartel para proteger a su ciudad de la incompetencia de los políticos locales y de la voracidad de promotores sin escrúpulos, pero ya se han cometido unos cuantos disparates que comprometen el futuro de la doble calificación otorgada por la UNESCO.  
[3] OLIVER, N. (2009). A History of Scotland. London: Weidenfeld & Nicolson. P. 324.
[4] Carlos II había sido el último Rey en visitar Escocia, en 1651. 
[5] El costoso monumento a Scott fue sufragado por suscripción popular, tal como se suele hacer en Gran Bretaña con este tipo de iniciativas. Cinco bancos escoceses aportaron el capital inicial, al que pronto se sumaron las contribuciones del Rey Guillermo IV -hermano y sucesor de Jorge IV- y de banqueros de San Petersburgo (!)
[6] El cuerpo de Sir Walter Scott fue enterrado junto al de su esposa en las ruinas de la Abadía de Dryburgh.
[7] Estilo historicista inspirado en la versión escocesa del Renacimiento.
[8] Sir Walter Scott también se había hecho construir su propia mansión historicista, Abbotsford House, cerca de algunas evocadoras abadías en ruinas.  
[9] La Reina Victoria se inspiró en el Monumento a Sir Walter Scott para encargar uno que preservara en Londres la memoria de su consorte, el Príncipe Alberto, alma mater de la Gran Exposición de 1851 y acaso el más grande estadista que hubieran podido tener los británicos, con permiso de Sir Winston Churchill.
[10] La Princesa Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la Reina Victoria y del Príncipe Alberto, y futura Reina de España, nació en el Castillo de Balmoral en 1887.
[11] Stuart Kelly ha analizado en profundidad el papel de Scott como creador de la imagen de Escocia en su libro Scott-land: The Man Who Invented a Nation (2010), cuya lectura tengo pendiente. El título no puede ser más explícito.

F o t o g r a f í a s
1. Vista del Monumento a Scott y del centro de Edimburgo (c. 1930).
2. La estatua de Sir Walter Scott, esculpida en mármol por Sir John Steell, entre los pilares catedralicios de su monumento.
3. Detalle del friso pintado por William Hole en el atrio de la Scottish National Portrait Gallery. Sir Walter Scott aparece junto a otros escoceses ilustres de su tiempo, como el poeta Robert Burns o científicos brillantes como James Hutton -considerado el «padre» de la geología moderna- y el cirujano y anatomista John Hunter.
4. Retrato de Jorge IV pintado por Sir David Wilkie en 1829, por encargo del Rey, que puede contemplarse en el Palacio Real de Holyroodhouse. Royal Collection Trust / © Her Majesty Queen Elizabeth II 
5. Bustos de Sir Walter Scott (Sir Francis Leggatt Chantrey) y de la Reina Victoria (Alexander y William Brodie) en el atrio de la Scottish National Portrait Gallery.

Todavía hoy, en la Europa del III milenio y en un mundo con desafíos globales, tratar de explicar de dónde salen tales identidades colectivas «nacionales» entre creyentes fervorosos y conversos al credo nacionalista es una tarea ingrata e inverosímil, como revelar a un niño que los Reyes Magos y Papá Noel son los padres. 

*Tal vez a algún lector de este bloc le divierta repasar esta lista de símbolos «nacionales» británicos.

La reinvenció artística del Mediterrani.
Els hereus de Roma

Durant el curs 2021-22 imparteixo aquesta assignatura dins del Programa Universitari de Gent Gran de la Facultat d’Educació Social i Treball Social Pere Tarrés de la Universitat Ramon Llull.

L’art ens serveix com a punt de vista i fil conductor per a contemplar la transformació i l’evolució del Mediterrani al llarg de mil anys, arran de la (re)fundació de Constantinoble, convertida en el gran centre d’innovació de l’arquitectura i d’elaboració de la iconografia cristiana. La irrupció de l’islam, la reactivació del comerç i el renaixement de les ciutats d’Occident varen multiplicar els centres de creació cultural (Damasc, Venècia, Còrdova, Toledo, Pisa, Palerm, Florència...), provocant una eclosió de creativitat en les arts d’una riquesa i una diversitat com mai abans s’havien vist. 
Una de les sessions d’aquesta assignatura serà una visita al centre històric de Barcelona.

Horari: dilluns, de 17.45 a 19.00 h. | 1r quadrimestre «set. 2021-gener 2022»

Carrer Santaló 37, 08021 Barcelona



A Clotilde

… la conocí en un aula. Ella en el papel de alumna y yo en el de profesor. Recuerdo muy bien el momento en el que conectamos, más allá de nuestros roles circunstanciales. Estábamos hablando del monaquismo céltico-británico, proyectando unas fotografías de la isla de Iona y de su antigua abadía, y Clotilde comentó que también había estado allí. Ambos percibimos que Iona era un lugar especial, que inspiraba la búsqueda de la trascendencia, la de aquellos monjes, pioneros del cristianismo -y de nuestra civilización- en la Caledonia del siglo VI. Luego se apuntó al viaje de estudios que organicé para el año siguiente, con destino a Venecia y a Istria. 

Tuvimos más oportunidades de charlar, de intercambiar puntos de vista… Y nos fuimos citando de vez en cuando, normalmente en la puerta del recinto que acoge a mi facultad. Me llevaba a algún café cercano, y allí conversábamos largo y tendido, sin mirar el reloj, hasta que llegaba el momento en que debíamos despedirnos casi precipitadamente. Ya en la calle, a menudo la acompañaba un trecho para apurar un poco más el tiempo, y la dejaba al pie de su moto. 

Nuestra amistad se tejió en aquellas largas conversaciones, pasando de un tema a otro. De viajes, de lugares de ensueño, de historias, museos, exposiciones, libros... Y volvimos a viajar juntos, a Grecia y a Roma. Íbamos a ir a Sicilia.

Clotilde ha sido una auténtica viajera, aunque ella no se veía así. Viajera, que no turista, porque comprendía el viaje como una oportunidad única para aprender, acerca de la diversidad de formas de entender la vida, de expresarse, de cultivarse y de buscar respuestas a las grandes preguntas. Antes de emprender un viaje, buscaba libros para documentarse y novelas para «ambientarse» en aquellos lugares antes de visitarlos. La sed de conocimiento de Clotilde no tenía límites. Espiritualidad, literatura, arte, iconos, sufismo, jardines, Oriente, África...

Cuando nos citábamos, siempre me contaba la última «coincidencia» mágica que se había cruzado en su vida: un tema, un erudito, una conferencia o un curso, un libro, y la oportunidad de un viaje para profundizar en ese tema. Una ventana abierta a un panorama que desconocía hasta entonces. 

Hace un año, Clotilde emprendió ese último viaje que a todos nos aguarda algún día. Durante el mes de junio, había tenido la oportunidad de visitarla varias veces, y de retomar nuestras conversaciones de café, pasando un poco por encima de las circunstancias de su salud. En nuestro último encuentro, acordamos que le iría enviando fotografías de mi viaje inaplazable a Centroeuropa, para que sintiera como si me acompañase en la distancia. Ella viajó hacia la Luz mientras yo me encontraba a bordo de un tren, en algún lugar entre Ljubljana y Budapest. 

Ambdós encaputxats, davant de La Fenice, el març de 2013.

Et trobo a faltar, Clotilde. Quantes converses ens han quedat pendents! 
Ara em penedeixo -i molt- del temps que vàrem perdre amb aquell tema d’actualitat, tan desconcertant com estèril. 
Des de fa un any, em moro per contar-te que a Budapest, al costat d’on ens allotjàvem, em varen cridar l’atenció dos edificis bessons i simètrics, que emmarquen el final d’un carrer que creuàvem constantment, en les nostres anades i tornades. Al Palau del Parlament hongarès, en un plafó amb fotografies antigues de Budapest, l’Iztok em va assenyalar el peu d’una fotografia d’aquests edificis: s’anomenen «Palaus de Clotilde». Com si fos una coincidència «màgica» de les teves...

Klotild paloták, pel nom de la seva promotora, 
la Princesa i Arxiduquessa Clotilde de Saxònia-Coburg-Gotha.

El símbolo en la construcción del espacio cívico. Barcelona, años 20 del siglo XX

Participo en este curso presencial y virtual de la Universidad de Verano Ramon Llull, con la clase «Símbolos arquitectónicos para construir un nuevo orden social. Los orígenes de la masonería» y en la mesa redonda «La pervivencia del lenguaje simbólico en el espacio cívico actual».

A lo largo de milenios, los monumentos, la arquitectura y el urbanismo han conjugado el lenguaje simbólico en los espacios públicos, para transmitir valores, representar mitos, reafirmar la idiosincrasia de una sociedad y también para propagar mensajes ideológicos. Este curso se centra en la Barcelona del primer tercio del siglo XX, una época convulsa, enmarcada entre dos episodios revolucionarios e iconoclastas, que ha legado a la ciudad escenografías urbanas que evocan y glorifican sus raíces grecorromanas y el esplendor de su pasado medieval.

El curso está distribuido en 4 jornadas que comprenden seis clases, con un tiempo adicional para preguntas, y una mesa redonda en la que participarán todos los ponentes, y en la que los alumnos podrán plantear cuestiones al moderador.

Fechas del curso: del 5 al 8 de julio de 2021
Horario: de 16.00 h. a 18.30 h. (GMT+01:00  hora de Europa central)
Idioma: español/castellano
👉Matrícula e información: Facultad de Filosofía · Universidad Ramon Llull