Devoradores de almas

Hay imágenes que transmiten significados con más fuerza que mil palabras. Suelen ser imágenes creadas por artistas plásticos, fotógrafos o cineastas. Cuando he proyectado esta u otras imágenes similares del artista Antoine Geiger en diversas aulas de secundaria, mis alumnos han captado inmediatamente su significado. Algunos han comentado que se ven reflejados en ella, por el uso -y el abuso- que ellos mismos hacen del teléfono móvil, del ordenador portátil o de la tablet. Un uso que algunos confesaron que se ha convertido en una adicción. 

Me preguntaba cómo interpretarían esta imagen personas de algunos decenios -o siglos- atrás, cuando estos artefactos y su uso masivo eran inimaginables. De ahí el título que he elegido para este texto. 

Si entendemos por «alma» la mente o la personalidad, también nosotros podríamos denominar así a estos dispositivos extraordinarios cuyos efectos nocivos provocan estragos entre una amplia mayoría de sus usuarios. Las pantallas y los contenidos que transmiten succionan nuestra capacidad de atención de tal forma y con tal intensidad, que llegan a generar una dependencia creciente y, de paso, aniquilan el sentido crítico. 

La generación más reciente, la que ahora está escolarizada, ha nacido, está creciendo y se está educando en un ambiente infestado por los dispositivos digitales. Cada vez más niños tienen una pantalla en las manos, antes incluso de cumplir el primer año de vida. Sus padres o sus cuidadores ponen en sus manos un móvil o una tablet para que se puedan entretener ellos solos, para distraerlos mientras les dan de comer la papilla o, simplemente, para que dejen de llorar. A tan temprana edad, los niños de Occidente adquieren así su primera adicción, que va a tener unos efectos demoledores en un cerebro que se está formando. 

En apenas una década, hemos pasado de diagnosticar el trastorno por «déficit de atención» a constatar, entre un número alarmante de niños y jóvenes, la incapacidad para estar atentos durante un instante cada vez más breve. Sin embargo, no todos los niños han sucumbido a esta tecnología: aquellos cuyas capacidades cognitivas son similares a las de la generación anterior se lo deben a unos padres sensatos y responsables que han retardado y limitan el acceso de sus hijos a las pantallas. Una microbióloga me advierte que también debemos tener en cuenta, y mucho, las consecuencias de los alimentos procesados y de todos los productos químicos que absorben esos cuerpos en pleno crecimiento y desarrollo.


Vampiros en el sistema educativo

Desde que el derecho a la educación se extendió a todos los niños y jóvenes europeos, la función de los centros docentes ha sido proporcionar herramientas para observar nuestro mundo desde diversos puntos de vista (biología, lenguas y literatura, historia y geografía, artes, física, matemáticas…), para comprender qué significa ser humano, para integrarse en la sociedad como futuros ciudadanos de nuestro tiempo, conscientes y responsables, para buscar la manera de desarrollar las capacidades de cada uno y de encajar en el ámbito profesional-laboral, y también, si es posible, para encontrar algo de sentido a nuestras vidas. Actualmente, este derecho fundamental ya no garantiza una formación adecuada ante las nuevas y graves circunstancias que obstaculizan la labor de los docentes. Padres, docentes y el conjunto de la sociedad nos enfrentamos a unos retos sin precedentes, frente a la pasividad, la inutilidad o la estupidez de los organismos gubernamentales, colaboracionistas de las omnipotentes empresas tecnológicas.

Mientras maestros de educación infantil y primaria, profesores de secundaria y de universidad, junto con neurólogos y psicólogos, constatamos con preocupación -y angustia- que las capacidades cognitivas de casi toda una generación se desmoronan, ¿qué medidas toman los responsables políticos del sistema educativo ante esta catástrofe?

En nuestro país, la última «reforma» educativa ha consistido, ni más ni menos, en una operación de maquillaje gatopardesca que condena a los profesores de secundaria a rehacer todo el papeleo burocrático que supuestamente vincula las actividades educativas con el enésimo refrito de las teorías pedagógicas dominantes, y a inscribirse en nuevos «cursos de formación» para actualizar la nueva palabrería. Con el beneplácito de los altos cargos designados por los partidos políticos y sus redes clientelares, el ministerio y las consejerías autonómicas vampirizan el tiempo imprescindible e indispensable de descanso que los docentes merecen y necesitan para reponer fuerzas y seguir trabajando para sus alumnos. 

Sin embargo, me temo que toda esa documentación que los profesores estamos generando bajo amenaza, para cumplir con unos plazos inflexibles, no va a caer en saco roto. Diversas empresas tecnológicas ya ofrecen programas y «herramientas educativas» que, según su propaganda, van a «liberar a los docentes de las tareas administrativas y repetitivas y dejarles más espacio para lo que mejor saben hacer: inspirar a sus alumnos y ayudarles a alcanzar su máximo potencial». Ese conjunto de algoritmos prodigiosos que llaman «inteligencia artificial» vampiriza textos e imágenes creados por millones de personas. Los documentos que describen las actividades educativas siguiendo una plantilla proporcionada por la administración, las tareas realizadas por los alumnos, los criterios de evaluación y demás aparato burocrático se alojan en la nube proporcionada por esas empresas -generosamente pagadas con dinero público-, que, obviamente, tienen acceso a esa ingente cantidad de datos. 

¿Y si el objetivo final no fuera otro que acabar entregando el sistema educativo a las mismas empresas tecnológicas culpables de la dispersión de nuestros jóvenes, para que sustituyan a los profesores por «docentes virtuales» fabricados con algoritmos sofisticados?. Ni Orwell ni Kafka hubieran podido imaginar un escenario como este en sus peores pesadillas. 

Junto a este párrafo, la ilustración de Pawel Kuczynski retrata muy bien las consecuencias de los experimentos que los ideólogos del pedagogismo contemporáneo siguen haciendo a costa de los niños y los adolescentes, cuyo futuro más allá de la educación secundaria obligatoria es cada vez más incierto e inquietante. La aplicación de la charlatanería «pedagógica» en las aulas frustra y sacrifica a los alumnos despiertos, los que todavía conservan la curiosidad y las ganas de aprender de las generaciones precedentes, para que el sistema -dicen- alcance a «incluir» a la mayoría. 

Y si entendemos por alma el espíritu y el anhelo de trascendencia, resulta evidente que la tecnología está alejando todavía más a millones de seres humanos de la naturaleza, de la maravillosa diversidad de formas de vida de la que formamos parte, y de la búsqueda de la Luz que brilla en lo más profundo de nuestro ser.


🌳Os adjunto algunas citas de textos y autores que me han servido para contrastar y fundamentar mis propias reflexiones.


«Vivimos en un mundo regido por la economía de la atención: sugerencias, distracciones, bombardeo de información, continuas interrupciones en el trabajo..., eso provoca sobrecarga cognitiva, agota al cerebro. El silencio cerebral le permite regenerarse. Es esencial para la creatividad, la memoria y la construcción de uno mismo.»

Michel Le Van Quyen, neurocientífico.


«Enseñamos a los niños matemáticas, redacción, gramática, pero no les explicamos cómo funciona su propia mente; el cerebro; cómo gestionar el tráfico de pensamientos; cómo mantener la higiene mental; cómo pensar... Cómo estar aquí... ¿De dónde vienen los deseos? ¿Cómo se transforman en emociones? ¿Cómo pasan a ser conductas y adicciones? (...) Cada vez hay más pantallas por todas partes y más plataformas conocen las neurociencias para ofrecer productos adictivos. TikTok es diabólico y las plataformas compiten por nuestra atención, por eso hay que enseñar a los niños a no dejar que se la roben hasta convertirles en adictos. Deben aprender que el primer objeto de su atención deben ser siempre ellos mismos.»

Alok Kanojia, psiquiatra especialista en adicciones a las pantallas y los videojuegos.


«El ámbito digital puede fomentar la lectura más que nunca en la historia, pero también promueve la tentación de leer de una manera superficial y dispersa, e incluso favorece el abandono de la lectura. (…) La lectura de alto nivel es un ejercicio de paciencia y de atención cognitiva, que amplía el vocabulario y las capacidades conceptuales, y desafía activamente las ideas preconcebidas de los lectores. Son especialmente los textos largos, como los libros, los que agudizan nuestras habilidades de lectura de nivel superior. Nos entrenan para contrastar diferentes interpretaciones, detectar contradicciones, sesgos y errores lógicos, y establecer las conexiones sofisticadas y frágiles entre textos y antecedentes culturales que necesitamos para el intercambio de juicios y emociones humanas. 

La lectura de alto nivel es nuestra herramienta más poderosa para el pensamiento analítico y estratégico. Sin ella, estamos mal preparados para contrarrestar las simplificaciones populistas, las teorías conspiranoicas y la desinformación y, en consecuencia, somos más vulnerables a la manipulación. Sin embargo, los educadores ponen el acento cada vez más en la diversidad de medios de comunicación (multimodal media), a expensas de un compromiso profundo con la información textual.»



«Recuerdo aquel momento, en Días de radio de Woody Allen, en el que el niño protagonista, trasunto infantil del director, pega su oído contra el aparato para sentir aún más cerca las voces. Su padre le riñe por lo que considera un vicio inapropiado y el niño se queja con razón, “¡Vosotros también la escucháis!”. A lo que el padre responde con una réplica genial, “¡Ya, pero nuestras vidas ya están destrozadas!”. Algo parecido he pensado cuando esta semana leía que la Fiscalía de Estados Unidos ha conseguido armar un caso de gran enjundia contra la compañía tecnológica Meta por el daño que está provocando en la salud mental de niños y jóvenes. Mi inmediata reacción fue pensar que también está teniendo un efecto malsano en adultos de cualquier edad, incluyendo ancianos que, a pesar de no manejarse bien en el universo digital, se sumergen horas en su pequeña pantalla, abandonando hábitos en los que fueron educados como la ya arcaica costumbre de mirar por la ventanilla o pegar la hebra con desconocidos. A los adultos que andamos también enganchados a esas redes no se refiere esta demanda conjunta de 41 Estados. Tal vez piensen, como el padre de Woody, que nuestras existencias ya están destrozadas. Nos queda, pues, salvar a los inocentes.

En estos días anda circulando el texto de un grupo de profesores de varias universidades europeas que ha sido bautizado como el Manifiesto de Liubliana por la lectura atenta en el que se defiende la necesidad imperiosa de la lectura profunda, intensiva, paciente que solo los textos largos, es decir, los libros, pueden aportar. El manifiesto es una llamada desesperada al mundo de la escuela y al universitario por cuanto es allí donde se crean los hábitos de lectura y el pensamiento crítico. Definen estos profesores la lectura que hacemos hoy a través de las pantallas como insuficiente y superficial, consistente en ir picoteando titulares que nos provocan una inmediata reacción irreflexiva. La lectura que no nos exige atención plena, paciencia y desconexión de otros estímulos tiene la fatal consecuencia de estar robándonos la posibilidad de crear una opinión genuina que nos arme como ciudadanos y nos impida engullir discursos simples que no exigen el sano ejercicio de la duda. Aunque no hayamos sido nativos digitales, los adultos también vamos perdiendo habilidades lectoras, y los niños empiezan por no adquirirlas. Si la información es a través de canales que priorizan el titular; si lo que recibimos es un picoteo de vídeos que acortan las entrevistas convirtiéndolas en fragmentos que definen injustamente a los personajes; si el algoritmo nos hace llegar imágenes que reflejan solo el dolor de los nuestros; si nuestra paciencia ya no resiste un reportaje o un artículo de fondo, ¿cómo estamos construyendo nuestras opiniones? ¿Nos adherimos sin fisuras a nuestro batallón? ¿Asumimos como verdades los discursos simplistas de políticos que apelan a lo más visceral de nuestro carácter? Esto es algo particularmente peligroso en momentos como el que vivimos, en el que deberíamos leer antes de hablar, o de escribir.

Si no proporcionamos las armas de la cultura escrita a quienes estamos educando, no podrán defenderse de un mundo a punto de dar un giro todavía más dramático hacia posiciones primitivas e irreconciliables. Entre esos elementos educativos está, desde luego, la literatura, que a menudo se ofrece a los alumnos simplificada y resumida, como si fuera un tormento que hubiera que evitarles. La consecuencia es que les estamos privando de lo que constituye el mayor tesoro de la invención literaria: una demostración de la complejidad del alma humana, que no responde en la peripecia de una vida a respuestas fáciles. El manifiesto de Liubliana se cierra con una célebre cita de Margaret Atwood: “Si no hay lectores y escritores jóvenes, dentro de poco no los habrá viejos. La cultura de la palabra escrita habrá muerto, y con ella, la democracia”. En un mundo tan belicista no podemos dejar a nuestros niños desarmados —de palabras—.»



«El nuevo escenario tecnológico nos está conduciendo a lo que el neuropsicólogo Álvaro Bilbao denomina un estilo de atención monkey mind —el término procede del budismo—, una mente que salta de una cosa a la otra, que va y vuelve, que hace que cada vez más nos interrumpamos más los unos a los otros por la incapacidad de mantener la atención en lo que el otro nos está diciendo. “Tendemos a perder capacidad de atención sostenida, de concentración”, dice Bilbao, autor de Cuida tu cerebro. Y la atención sostenida, la profundidad, es la que da pie a ideas novedosas, a la creatividad, como señala Ríos Lagos. Hayles incide en esta línea argumental: “Todos los logros intelectuales del siglo XX requirieron de una atención profunda”.»



«Un día los historiadores analizarán esta época y dirán que este vivir nuestro frente a las pantallas era esclavitud y que el poder real sobre nuestras vidas lo tenían estas tecnológicas y no ya ningún Estado... y ese conglomerado de tecnológicas también pone límites a nuestra cultura y valores cada día.» 



«... una grave enfermedad que nos acecha como sociedad: la galopante pérdida de formación humanística. Un pilar indispensable en el desarrollo de una personalidad sólida e independiente, de un criterio propio y de un espíritu crítico con el que resistir ante tanto desatino.

Streamers, tiktokers, tuiteros y otros influencers se han sumado a esta incontinencia para agravar la sangría de nuestra falta de referentes intelectuales. La paradoja de la sociedad de la información: un estallido de contenidos que provoca una galopante pérdida de conocimiento y, en consecuencia, de juicio. La economía de la atención, suele decirse, que no es otra cosa que una carrera en la que la superficialidad y la visceralidad le ganan la partida a la profundidad y la razón. Todo ello acontece mientras nuestro sentido común colectivo parece desvanecerse ante cruzadas identitarias, sectarias e individualistas que arrastran multitudes bajo la promesa de una nueva Arcadia feliz. Uno tiene la preocupante sensación de que vivimos desnortados y de que, de alguna manera, somos esclavos de nuestro tiempo. Nuestros inoperantes gobernantes, entregados a un frenesí legislativo que parece querernos dirigir como borregos, no hacen nada por evitar esta decadencia. Todo lo contrario. Quizás sea el propósito real de nuestras reformas educativas.»



«El docente es aquel que conoce y ama a su materia y la trasmite con pasión, afecto, intuición y sensibilidad, cualidades que nunca tendrán los dispositivos tecnológicos, por mucho que el Silicon Valley esté dispuesto a invertir todo lo que quiera en ello. La educación es un asunto profundamente humano, no tecnológico.» 



«... la amistad, el amor, la lectura o el paseo no se dejan domeñar por la lógica de lo digital, demandan de nosotros tiempos y ritmos distintos. El tiempo de la vida no es el tiempo de lo digital ni puede acomodarse a él.
(...)
El progreso en educación no es la introducción de la tecnología en las aulas, sino contar con profesorado comprometido con la formación de un juicio crítico, autónomo y responsable de sus estudiantes.»



«La Democracia hay que verificarla. Existen unos mecanismos de control. Ha costado mucho tiempo crear esas instituciones como para dejar que se deterioren. Y la red no es democrática. Si no puedes confiar en las fuentes, estás perdido. Y nos llega tanta información que no podemos procesarla. Ya no sabes lo que pensar. Hay autores que lo llaman neuroterrorismo: el bombardeo de datos para aturdirnos y hacernos perder la perspectiva y la dimensión ética. Para mí, es la palabra que define nuestra era.»



«Un sistema de alta complejidad necesita recursos a manta y cerebros pensantes. Los profes han hecho un esfuerzo ímprobo. Demasiados alumnos por clase. Demasiadas pantallitas. Demasiadas horas perdidas en un papeleo burocrático que se los come. Metodologías “flower power”. Faltan pedagogos, psicólogos, educadores sociales, vocación (a veces) y, sobre todo, la voluntad de entender que la enseñanza no es un dispendio, sino una inversión.» 



«Si matamos la infancia “produciremos frutos precoces que no tendrán madurez ni gusto y que se pudrirán muy pronto”. Quien habla es el filósofo francés Rousseau que ya a finales del XVIII no se mostraba partidario de adelantar las etapas de la vida. En especial era contrario a acortar la infancia. En su Emilio o la educación sostenía que esta infancia había que vivirla con plenitud mediante el juego. Por eso, exhortaba a los lectores a amarla y a “favorecer sus juegos”. “Hombres, sed humanos, que es vuestra obligación primera; sedlo con todos los estados, con todas las edades, con todo cuanto es propio del hombre”. 
(...)
“No es que la adolescencia empiece pronto, es que los niños con dos años están ya habituados a las nuevas tecnologías. El cerebro no está adaptado para esos estímulos perceptivos y va a tener que cambiar. ¿Cómo van a conducir de mayores solo a 120 si su sistema nervioso se ha adaptado a la rapidez?”, anuncia De Andrés Tripero, que incide en la experiencia de Silicon Valley, el paraíso de la informática. “Allí, los ejecutivos no dan un ordenador y un móvil a sus hijos hasta tarde. Porque lo que quieren es que desarrollen la estabilidad emocional y se sociabilicen, y las tecnologías aíslan”.»



«El término distopía no figura en el diccionario de la RAE, pero el académico José María Merino ha propuesto a la RAE incluir la palabra en el nuevo diccionario: “Una ficción que trata de una sociedad futura donde predomina la infelicidad, causada por la alienación humana económica, política tecnológica...”.
(...)
La distopía de hoy se rebela contra las utopías ultraliberal y tecnocientífica. Los libros ya no son quemados, sino desdeñados en una sociedad desmemoriada (ha olvidado el Holocausto) e infantilizada que vive en parques temáticos absorbidos sus cerebros por multitud de pantallas y una educación que les amputa la capacidad de construir un criterio propio. La máquina forma parte de la naturaleza humana y ante la desconexión, se siente un vacío existencial. “Las nuevas distopías tienen mucho que ver con la prolongación de la lógica del capitalismo destino, o bien en mercancía. La revolución digital también ha traído consigo un arsenal de posibilidades, que tanto tienen que ver con lo utópico (el ciberactivismo) como con lo distópico (la pérdida de intimidad, la videovigilancia extrema)”, dice Jordi Costa, crítico cultural.»



«Se ha cedido la responsabilidad intelectual a internet... Alrededor de la tecnología han surgido unos gurús que ocupan espacios del debate público que son una cáscara de huevo sin yema y sin clara. Todo es marca, forma, adoración, influencers… y la sociedad ha picado el cebo de esa nadería. Va a ser difícil salir de ese círculo... ¿Por qué somos menos inteligentes si es cuando tenemos las mejores herramientas para incrementarla? Quizá el haber facilitado tanto el acceso a contenidos sin la necesidad de avivar el ingenio hace un cerebro más cómodo y menos crítico... La tecnología ha sustituido al humanismo... La gente debe aspirar a saber de todo, a tener siempre curiosidad, que es una de las bases de todo conocimiento.»



«La humanidad, que en tiempos de Homero era objeto de contemplación para los dioses olímpicos, ahora es una para sí misma. Su autoalienación ha llegado a tal grado que puede experimentar su propia destrucción como un placer estético de primer orden.»

Walter Benjamin (1936) “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”.