Sed de conocimiento

En nuestro lenguaje cotidiano, impregnado de valores simbólicos, el agua representa el conocimiento. Los conocimientos son a la mente lo que el agua al cuerpo. Decimos de cualquier proyecto de investigación que se basa o que parte de unas fuentes primarias y secundarias. Sin fuentes verificables ninguna investigación es creíble, sino pura especulación sin fundamento. Y los conocimientos deben fluir como el agua, porque si se interrumpe el flujo la mente se estanca. Entonces solemos decir que hay sequía de ideas, de creatividad…

En el claustro de la antigua Cartuja de Scala Dei coinciden dos
representaciones simbólicas de la Sabiduría: la fuente y la escalera.

En una mente estancada las ideas se secan o terminan pudriéndose. Dejan de ser ideas vivas: no evolucionan porque no pueden ser modificadas, y se convierten en “verdades absolutas” que no admiten discusión. Tales ideas tóxicas pueden llegar a degenerar en ideologías, que envenenan las mentes como el agua estancada envenena la atmósfera del lugar. Pero una ideología no puede enquistarse en una mente cultivada.

Si el conocimiento no fluye tampoco hay cultura. Ese pequeño árbol que es o debería ser nuestra mente necesita el riego constante con conocimientos vivos, libres, que fluyan para que puedan establecerse múltiples conexiones entre ellos, esas conexiones de las que hablan los neurólogos: que revitalizan el cerebro. A menudo se confunde la cultura con la capacidad de memorizar y repetir largos poemas, citas de autoridades académicas, versículos de libros “sagrados” o latinajos. La memoria puede ser una buena herramienta para una mente que busca la sabiduría, pero los conocimientos aislados no sirven para nada si la persona que ha conseguido retenerlos en su mente no sabe establecer conexiones interesantes y creativas entre ellos.

Los seres humanos son por naturaleza curiosos, tienen ganas de explorar por su cuenta, de preguntar lo que no entienden, de aprender y comprender. Sin embargo, en algún momento entre la infancia y la adolescencia, muchos pierden esa sed de conocimiento innata, y el proceso de aprendizaje se convierte en un tormento, para alumnos y para docentes. El profesor Emilio Lledó llama “grumos pringosos” a esa ingente cantidad de datos, conceptos y construcciones mentales que obstruyen la fluidez del conocimiento, impiden las conexiones y la capacidad de razonar, y terminan ahogando la sed de saber.

Hasta la fecha, la Historia sigue siendo concebida como una colección de nombres propios, términos, fechas, conceptos y etiquetas que solo está al alcance de memoriones y que aburre hasta la extenuación a la mayoría de los alumnos de secundaria. Tales grumos compartimentan y fracturan el conocimiento y dificultan el (re)descubrimiento y la comprensión de las múltiples relaciones entre colectivos humanos y acontecimientos que han sido distorsionadas o negadas por las fronteras territoriales, temporales y étnicas inventadas por historiadores al servicio de ideologías que asolaron Europa durante el pasado siglo. La materia de historia y geografía debe dejar de ser ese saco de datos inerte para convertirse en una herramienta útil y ágil al servicio de los alumnos. Una herramienta que les permita estudiar y analizar la diversidad de relaciones entre los seres humanos, entre nosotros y los demás seres vivos, y nuestra forma de habitar, explotar y transformar nuestro hogar común: la Tierra. El objetivo de los profesores de historia y geografía es enseñar a los alumnos a utilizar esta herramienta, de forma que incluso disfruten utilizándola.

El verano es un tiempo ideal para cultivarnos, aprender algo nuevo o descubrir un tema discriminado por los currícula oficiales. ¡Cuantos confiesan que aprenden más y mejor, y que gozan aprendiendo sin la presión castradora de los exámenes! En un curso de verano, asistiendo a un concierto o a un espectáculo teatral al aire libre, contemplando obras de arte, visitando un lugar histórico, o leyendo un buen libro bajo la sombra refrescante e inspiradora de un árbol frondoso. ¡Feliz verano!